Tejidos desde el útero
Objetos tejidos de sangre menstrual y algas/ Instalación sonora.
2021

 

La obra es un tejido vivo de temporalidades, cuerpos y memorias que busca repensar lo privado y lo público, lo personal y lo político, lo interno y lo externo.  Propone visualizar procesos biológicos de cuerpos de mujeres para desarmar y desocultar el acto de ser mujer bajo el lema de menstruar es político.

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Tejer es memoria. Tejer el cuerpo es transitarlo y recrearlo.  Es resignificarlo.

El tejer me unifica a mis ancestras; a mis precedentes femeninas que han hecho de esta actividad un acto de resistencia y subsistencia.  El tejer me arrastra a tiempos lejanos donde abuelas y madre enredaban sus tiempos en hilos, hacían madejas emocionales y destejían ansiedades. 

Enredar lana, hilo, hacer madejas de a dos, entretejernos, entrelazarnos. Estar juntas en los pasados y en la contemporaneidad. Hoy, yo anudo y desenredo mi cuerpo. Utilizo mi sangre menstrual para desarmarme y desocultarme en el acto de ser mujer con todo lo que ello implica. En el acto de tejer, resignifico mi historia y la tejo. Me amigo con mis fluidos y entretejo historias intergeneracionales.  Tejo mis coágulos, mis memorias y desarmo ciclos. Destejo, anudo, desarmo y vuelvo a anudar. En ese hacer, me resignifico/nos resignifico. Esto me habilita la posibilidad plástica de repensar paradigmas entre lo privado y lo público, entre lo personal y lo político, entre lo interior y lo exterior. 

La sangre menstrual es mi materia y mi identidad. Es material expulsado por mi cuerpo: es la no reproducción humana, es el residuo, es el resto. Es una activadora emocional , es una mezcla, es conjunción. Su recolección y utilización implica perpetuar mi memoria biológica, resignificarla, cambiarla de estado para objetualizarla. Es volverla externa desde la interioridad. Es aceptar su agencia, su actividad e interacción con el medioambiente. Es reapropiarla. Es observar su oxidación, sus cambios, mis cambios. Junto con algas, se crearon biohilos que son una conjunción interespecie: son fluidos humanos en comunión con algas. Son testigos simpoiéticos.

El objeto tejido es un contenedor que alberga vacío. Es un órgano simbólico: estirable, flexible, blando, frágil pero rígido. Es cuerpo, y a su vez es su parte. Es coágulo, es útero, es mi tejido endometrial. Soy yo hecha materia.

Mi útero. ¿Mi útero?

El útero es el órgano de la controversia. Tiene visualidad y consistencia similar a otros órganos de nuestro cuerpo, pero es, como sostiene Paul Preciado, “(…) un espacio biopolítico de excepción”[1], que se negocia, se condiciona, se oculta, se lo atrofia y se coloniza.

El útero es un símbolo de que el territorio-cuerpo no es algo privado ni íntimo, sino que es un elemento vital condicionado por los Estados-Nación, por las doctrinas religiosas y por las farmacéuticas para llevar a cabo estrategias políticas patriarcales, en las que los intereses de las mujeres que los poseemos no cuentan en absoluto.

Su apariencia no nos otorga pistas acerca del porqué de sus apropiaciones políticas y económicas, pero si su función de reproducción, de albergue de vida, de centro de toma de decisiones y de placer sexual. Estas particularidades son las que convierten al útero en un motín de guerra donde prima la violencia y la opresión de los agentes antes mencionados, que pelean por un dominio absoluto.

Es urgente activar desde los ecofeminismos para descolonizar nuestros úteros y de esa manera visualizar las acciones que nos limitan su uso para el goce y libre elección de cómo preferimos cuidarlo y tratarlo. El brutal desconocimiento que tenemos sobre nuestros cuerpos, la violencia médica y la crisis en los cuidados, conlleva a una sobrecreencia a la medicina tradicional y a sus profesionales que nos tratan como objetos portantes de este órgano gestante. Quimera Rosa[2] sostiene: “No estamos cancelando el saber médico, solo lo queremos abierto y de nuestro lado, desarmar la fachada de igualdad de los sistemas de salud, una trans-formación radical de subversión curativa y disidencia (…). Es importante rescatar tradiciones ancestrales de cuidado, tradiciones locales/territoriales acorde a los contextos para que los cuerpos sean tratados como sujetos individualizados/personas sintientes, y no objetualizados que se convierten en números y estadísticas muchas veces para tratamientos experimentales.

Asimismo, los imaginarios y tabúes que nos tejen alrededor de nuestro útero, genera que aceptemos que los partos sean violentos e impliquen dolor, que nuestra sangre menstrual de asco y se deba evitar para continuar con nuestras vidas normales (como si menstruar fuera una acción anómala), que nos sobremediquen y no nos informen que estamos consumiendo ante tratamientos de fertilización asistida, que no sepamos las consecuencias en nuestra salud por el uso de dispositivos menstruales descartables con glifosfato y muchas otras  microviolencias que invisibilizamos desde el habitar el sistema enajenado andro-antropocentrista.

Desde mi ser mujer, mi ser cuerpo, rescato el útero como símbolo de conexión personal y empatía con lxs otrxs, desde un cambio de paradigma sumamente necesario hacia la matrística y desde las luchas ecofeministas que buscan descolonizar y desarmar los condicionamientos que tanto pesan sobre nuestros territorios íntimos de carne.

 

[1] Preciado, P. (2019). Un apartamento en Urano. Crónicas del cruce. Ed. Anagrama.

[2] Quimera Rosa. Devenir planta - bruja – máquina.